domingo, 29 de julio de 2012

ÁNGELUS (TEXTO EN ESPAÑOL)



Queremos rezar para “que sean abatidas las desigualdades no con las armas de la violencia sino con el compartir y el amor” fue el clamoroso pedido del Sucesor de Pedro a los peregrinos llegados a Castel Gandolfo para rezar con él la oración mariana dominical del Ángelus. 

“Jesús no nos pide lo que no tenemos” reflexionó Benedicto XVI en italiano, motivando la oración con el Evangelio de la multiplicación de los panes. “El milagro no se produce a partir de la nada –dijo el Papa- sino por el modesto compartir de lo que traía consigo un muchacho. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, el milagro se repite nuevamente. Dios es capaz de multiplicar cada pequeño gesto de amor y hacernos participes de su don…”.

El Obispo de Roma dijo que la multiplicación de los panes la multitud se asombra del prodigio material, pero “Jesús no es un rey terrenal que ejerce el dominio, sino un rey que sirve, que se inclina sobre el hombre, para saciar el hambre más profunda, aquella de Dios”.

Por ello invitó a pedir al Señor redescubrir la importancia de nutrirnos con el cuerpo de Cristo; la Eucaristía, permanente encuentro del hombre con Dios, en la cual el Señor se hace nuestro alimento, se da a Sí mismo para transformarnos en Él. La insistencia del Evangelista en el pan que viene compartido en cercanía de la Pascua nos refiere a la Eucaristía, que perpetúa el don total del amor “Cristo nos nutre uniéndonos a él, nos atrae dentro de sí”. “La cruz, el don total del amor se perpetua en la Eucaristía. Cristo se hace pan de vida para los hombres”. 

Benedicto XVI concluyó su motivación a la oración pidiendo que se rece “para que no le falte jamás a ninguno el pan necesario para una vida digna y sean abatidas las desigualdades no con las armas de la violencia sino con el compartir y el amor” 

Los que pasan por duras pruebas

Tanto los que gozan un tiempo de descanso, como los que pasan por duras pruebas estuvieron en el recuerdo afectuoso del Papa, que invitó en lengua española a recibir la palabra de Dios, meditándola con corazón humilde y llevándola a la práctica con sencillez.  (jesuita Guillermo Ortiz - RV)

Texto completo de la reflexión traducida del italiano 

Queridos hermanos y hermanas, 

Este domingo hemos iniciado la lectura del capitulo 6° del Evangelio de Juan. El capitulo se abre con la escena de la multiplicación de los panes, que después Jesús comenta en la sinagoga de Cafarnaúm, indicándose a Si mismo el «pan» que da la vida. Las acciones cumplidas por Jesús son paralelas a aquellas de la Ultima Cena: «tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados» (Jn 6,11). La insistencia sobre el tema del «pan», que viene compartido, y sobre el dar gracias (v.11, en griego eucharistesas), recuerdan la Eucaristía, el Sacrificio de Cristo por la salvación del mundo. 

El Evangelista observa que la Pascua estaba cercana (cfr v. 4). La mirada se orienta hacia la Cruz, el don total de amor, y hacia la Eucaristía, el perpetuarse de este don: Cristo se hace pan de vida para los hombres. San Agustín comenta: «¿quién, si no Cristo, es el pan del cielo? Pero para que el hombre pudiese comer el pan de los ángeles, el Señor de los ángeles se ha hecho hombre. Si tal no se hubiese hecho, no tendríamos su cuerpo; no teniendo el cuerpo propiamente suyo, no comeríamos el pan del altar» (Sermón 130,2). La Eucaristía es el permanente gran encuentro del hombre con Dios, en el que el Señor se hace nuestro alimento, se da a Si mismo para transformarnos en El. 

En la escena de la multiplicación, es indicada también la presencia de un muchacho, que, frente a la dificultad de saciar a tanta gente, comparte lo poco que tiene: cinco panes y dos pescados (cfr Jn 6,8). El milagro no se produce a partir de nada, sino de un primer modesto compartir de aquello que un simple muchacho llevaba consigo. Jesús no nos pide aquello que no tenemos, pero nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, el milagro puede cumplirse siempre de nuevo: Dios es capaz de multiplicar cada uno de nuestros pequeños gestos de amor y hacernos partícipes de su don. La multitud permanece atónita ante el prodigio: ve en Jesús el nuevo Moisés, digno del poder, y en el nuevo maná, el futuro asegurado, pero se detiene ante el elemento material, y el Señor, «sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña» (Jn 6,15). Jesús no es un rey terrenal que ejercita el dominio, si no un rey que sirve, que se inclina sobre el hombre para saciar no sólo el hambre material, si no sobretodo aquel más profundo, aquel de Dios. 

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor hacernos redescubrir la importancia de nutrirnos no sólo de pan sino de verdad, de amor, de Cristo, del cuerpo de Cristo, participando fielmente y con gran consciencia a la Eucaristía, para estar cada vez más íntimamente unidos a El. De hecho «no es el alimento eucarístico que se transforma en nosotros, si no que somos nosotros los misteriosamente transformados. Cristo nos nutre uniéndonos a sí; nos atrae dentro de sí» (Exhort. Apost. Sacramentum caritatis, 70). Al mismo tiempo, oremos para que jamás falte a nadie el pan necesario para una vida digna, y sean derribadas las desigualdades no con las armas de la violencia, si no con el compartir y el amor. 

Nos confiamos a la Virgen María, mientras invocamos sobre nosotros y nuestros seres queridos su maternal intercesión.  (Traducción: Raúl Cabrera- RV)





                                BEDICIÓN DEL SANTO PADRE




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