lunes, 25 de abril de 2011

NUMEROSAS INTERCESIONES DE JUAN PABLO II



Han pasado seis años y cinco meses desde que volvió a nacer. Ahora tiene 27 y en su rostro apenas se le nota la cicatriz que le dejó aquella mañana de noviembre de 2004, cuando estuvo a punto de morir en un accidente automovilístico y revivió 15 días después en la cama de un hospital.


La mirada le brilla como sólo ocurre con las personas que viven en paz y su sonrisa es reflejo de la firmeza de su historia. «Fue Juan Pablo II el que intercedió por mí». Toma un sorbo de café y comienza a sincerarse. No revela su nombre, porque no quiere protagonismo de lo que considera un pequeño gran milagro. Para él, el protagonista se llama Karol Wojtyla. Recuerda la primera vez que vio al Papa. Fue en 2000, en la Jornada Mundial de la Juventud en Roma. «Me quedé como un niño pequeño, mirándole», comenta. En ese momento, recuerda su infancia: habla de su madre como referente de fe, y de las misas dominicales y las visitas al Santísimo.  



Repasa su adolescencia, cuando se separó de casa para llegar como estudiante a Madrid. Fue la separación de su natal Toledo, donde años después realizaría una visita familiar. En su viaje de regreso, justo en el camino a Villa de Don Fadrique, la muerte intentó cogerlo. «Era una mañana fría. Viajaba con mi padre. Se trató de un choque en cadena. Nos metimos debajo de un camión y ahí empezó todo», relata. En ese momento, regresan a su mente los detalles. «¡Nos matamos!, gritó mi padre». Pero la advertencia pasó de largo ante el recuerdo de las palabras de Juan Pablo II que había escuchado y releído cientos de veces: «No tengáis miedo». 



Luego vinieron las imágenes trágicas. Casi una decena de coches involucrados en el suceso. La muerte parecía rondarle. Se manifestaba en la sangre que perdía a través de las heridas causadas por los cristales del parabrisas incrustados en su rostro. Tenía 21 años.  La escena era violenta, pero las palabras del Pontífice pudieron más. «No tuve miedo a morir», confiesa. Y su mirada cambia. «Acababa de confesarme. Aunque siempre he sido un poco “miedica” ante la muerte, lo viví con mucha calma».



Con esta tranquilidad, siguió la llegada del personal de emergencia y el viaje al hospital de 30 minutos. Tal vez era el delirio, o mejor, la fe. El caso es que empezó a rezar y luego a tararear las canciones religiosas de toda la vida. En su aparente inconsciencia se percató que en un bolsillo portaba un rosario. Era el mismo que le habían entregado un año antes en la última visita de Juan Pablo II a España. «Fue como tocarlo y sentir la fuerza especial de no sentirme abandonado».



Después vino el diagnóstico: politraumatismo facial. ¡Intervención quirúrgica urgente! «El último recuerdo fue una estampa del Papa que me entregó mi madre». A partir de ahí, una operación de ocho horas y la pérdida del conocimiento durante dos semanas. Tras volver en sí, un proceso de recuperación de tres meses. Ahora, varios años después, lleva una vida normal con una fe que parece inquebrantable y que se fortalecerá a buen seguro con la beatificación de su particular Ángel de la Guarda. «Cuando murió, me quedé en casa y lloré como si hubiera muerto alguien muy cercano a mí», concluye.



Eugenio Lira Rugarcía, obispo  auxiliar de Puebla (México), considera abiertamente que los milagros de Juan Pablo II «suman muchos más» que la curación de Parkinson de la religiosa francesa Marie Simon-Pierre, el único reconocido en Roma. Y confiesa que sus 20 años ejerciendo el sacerdocio tuvieron mucho que ver una visita que realizó Karol Wojtyla en enero de 1979 a México. «Fue el primer viaje de todo su pontificado. Era la tercera Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Yo logré participar en la misa que celebró». Se trataba de un Eugenio adolescente que, tras esta eucaristía, eligió olvidarse de la ilusión de la infancia de convertirse en dibujante para Walt Disney, y entrar al seminario.



Emocionado, evoca las distintas ocasiones que pudo verlo gracias a su vocación sacerdotal. «Juan Pablo II era impresionante, al verle descubrías a un sacerdote viviendo plenamente su ministerio. El momento culminante que viví con él fue durante el jubileo de 2000, cuando el Santo Padre me concedió una audiencia», revela. Le obsequió con un rosario que conserva en un estuche y que saca de vez en cuando para dar la bendición a la gente, un rosario que el prelado asegura que guarda detrás una historia milagrosa.



Así lo atestigua al recordar cómo una mujer que se enteró que lo tenía lo buscó ocho días después de la muerte del Papa. Le contó, desesperada, sobre una migraña que padecía de años. Le rogó recibir la bendición con el rosario. Lo hizo. Tiempo después la volvió a ver y ella le dijo que un calor fuerte, pero no desagradable, rodeó su cabeza. Días después la enfermedad dejó de manifestarse.



Lira dice que «tengo muchas historias similares», porque usa el rosario continuamente.  De ahí que recuerde la última vez que se encontró con él en 2004. «Estaba muy enfermo, pero lo admiré porque pasamos 192 personas y nos atendió a todos con bondad. Ya casi no hablaba. Después de que lo habíamos visto como atleta de Dios, fue impresionante. Era más grande espiritualmente, un hombre santo». Esta santidad también la vivieron de cerca Asunción y Juan Miguel en Santiago de Compostela en 1989. Ella, una veinteañera voluntaria en Cristianos Sin Fronteras. Él, uno de los miles de peregrinos que llegaron a la capital gallega para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Era la tercera visita de Juan Pablo II a tierra española. 




El primer encuentro entre ambos terminó en una discusión y poco hacía presagiar lo bueno que vendría después. «Vengo a buscar la medicación que me dan para la garganta», dijo ella. «Pues yo no veo que tengas nada», respondió él. Y de aquel enfrentamiento nació el amor. Les llegó entre los discursos del Pontífice y los encuentros cotidianos en el seminario habilitado en lugar de alejamiento.



Él siguió insistiendo en verla cuando regresaron a Madrid. Ella se resistía. Pero accedió. Salieron tres meses y Juanmi le propuso matrimonio. De nuevo, Asun intentó resistirse. Pero accedió. La boda llegó un año más tarde.  Dos décadas después, tienen tres hijos: Alba, Daniel y Pablo. Parece que hubo una «gracia especial», reconocen al recordar aquella JMJ. Y ahora sin resistirse, Asun se refiere a Juanmi: «Muchas veces lo que pienso es que tengo a la persona que me correspondía tener y ahí la encontré, cerca del Papa».



Tiene 27 años y hace seis, un accidente automovilístico casi termina con su vida. Dice que lo salvó un milagro.  «Nuestro coche se metió debajo de un camión. Entonces, lejos de ponerme nervioso, vino a mi mente la frase clave del Papa: ‘‘No tengáis miedo’’». Recuperado de las secuelas del siniestro, prefiere no dar su nombre, porque considera que el protagonista de esta historia es Juan Pablo II.



Hasta 1989 Asun y Juanmi llevaban vidas separadas. Ese verano, la Jornada Mundial de la Juventud que Juan Pablo II presidió en Santiago en 1989 hizo que su destino cambiara, Llegaron como peregrinos, se conocieron y salieron como pareja. Ahora son una familia que recuerda con cariño aquella JMJ con sus hijos: Alba, Daniel y Pablo.



Eugenio Lira Rugarcía, obispo  auxiliar de Puebla (México), considera abiertamente que los milagros de Juan Pablo II «suman muchos más» que el reconocido oficialmente por Roma. Él guarda un rosario que recibió del Santo Padre que ha ayudado a superar problemas graves a alguno de sus feligreses.



Fuente: La Razón

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