sábado, 4 de febrero de 2012

LA TESIS DEL DOCTOR SCHROEDER SOBRE LA CREACIÓN DEL MUNDO EN SEIS DÍAS










LAS TESIS DEL DOCTOR GERALD SCHROEDER

¿Y si fuera verdad que Dios creó el mundo en seis días?

En los últimos decenios se ha propagado la idea de que el conocimiento contenido en la Biblia hay que interpretarlo exclusivamente en clave simbólica.


Hoy, al tiempo que van asumiéndose los avances de todo género que descubren la literalidad de los hechos narrados en los Evangelios, aparece un autor israelí y nos lanza a la cara una pregunta que nos hace, primero, sonreír -con ese gesto de suficiencia propio del hombre posmoderno- y luego nos deja estupefactos. ¿Y si fuera verdad que Dios creó el mundo, literalmente, en seis días?


El doctor Gerald Schroeder se presenta como poseedor de dos doctorados, uno de ellos en física nuclear y el otro en oceanografía, además de estudios avanzados en químicas y ciencias planetarias nada menos que por el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Es miembro de la Comisión de la Energía Atómica de los Estados Unidos. Vive en Jerusalén, y alterna su enseñanza de la física con el estudio de los textos bíblicos. Ha escrito dos libros traducidos a varios idiomas, en los que estudia aspectos de la ciencia relacionados con la religión. Huelga decir que profesa el judaísmo.


Y si el doctor Schroeder se presenta así, es para que lo tomen en serio. Pues si no advirtiera cuál es su formación y a qué se dedica, probablemente nadie pasaría de la página tres de sus obras. O de las solapas. Porque lo que Schroeder sostiene es tan descabellado, tan peregrino, que no puede por menos que mover a la risa. Y, sin embargo, merece la pena escucharle.


Tiempo y relatividad


Veamos: la tesis de Schroeder es que cuando en el Génesis se afirma que Dios creó el mundo en seis días, eso fue exactamente lo que ocurrió. Para defender esto, lo primero que hay que comenzar por admitir es que el tiempo es distinto para Dios que para nosotros, lo cual no presenta ninguna dificultad.


Desde el punto de vista religioso, ya dice el rey David que “para Dios un día son mil años”, algo de lo que se hará eco san Pedro cuando afirma que “delante del Señor mil años son un día y un día son mil años”. San Agustín también asegura que el tiempo es un atributo del universo; no se creó el universo en el tiempo, sino conteniendo el tiempo. La ciencia occidental llegará a esa concepción con la teoría de la relatividad, unos mil quinientos años después que san Agustín.


Las explicaciones clásicas del judaísmo también presuponen una creación del tiempo, como deduce el talmudista y cabalista judeohispano Nahmánides en el siglo XIII. Para dicho filósofo, el tiempo fue creado el primer día por Dios. Nahmánides incluso avanza que antes del universo no hubo nada, hasta que apareció un grano minúsculo, que fue la única creación física, y que contenía todo lo que habría de desarrollarse más tarde. La expansión del grano creó la materia. Notable intuición, sin duda.


Einstein demostraría que el universo tiene 15.000 millones de años, sí, pero solo visto desde la posición en la que nosotros estamos. En otros lugares, el tiempo transcurre de modo distinto, más lento o más rápido. Basándose en este hecho, por lo demás irrebatible, el doctor Schroeder considera que las coordenadas espacio-temporales a las que se refiere el texto del Génesis son diferentes a las nuestras. De este modo explica lo sucedido.


Para empezar, el universo era más pequeño, como es lógico, pues se ha ido expandiendo; y con el espacio, el tiempo. Este hecho es de vital importancia para lo que el doctor Schroeder se propone explicarnos. Y para ello, cita un ejemplo: supongamos que el primer día de la Creación desde un punto determinado, muy alejado de nosotros, envían un haz de luz en nuestra dirección. Al segundo siguiente, mandan otro haz y al siguiente, otro más. Y así durante un buen rato.


¿Recibiremos nosotros esos haces de luz, miles de millones de años más tarde, separados por un segundo? La respuesta es que no. El universo sigue su expansión durante los miles de millones de años que tarda la luz en llegar, por lo que cuando la luz alcanza nuestro planeta, el tamaño del mismo ha aumentado enormemente: la consecuencia es que cada haz de luz está separado del que lo sigue por muchos millones de años.


Cuestión de perspectiva


Del mismo modo, visto desde hoy -prosigue Schroeder- el universo tiene 15.000 millones de años, pero bien pudiera ser que, desde un cosmos mil millones de veces más pequeño, ese tiempo fuera de seis días. ¿Pudiera ser? La cosmología actual -esto es, la explicación del universo a partir de la física- nos dice que existe una relación aproximada, entre el tiempo al comienzo del universo y el actual, de un millón de millones.


Lo que equivale a un uno seguido de doce ceros.


Si esa idea la proyectamos a los seis días del Génesis, nos encontramos con seis millones de millones de días. Una interesante cifra que nos da, al dividirla por 365, la curiosa cantidad de 16.000 millones de años. Si tenemos en cuenta que la ciencia actual calcula la creación del universo hace unos 15.000 millones de años, la similitud resulta notable.


La transposición del tiempo del origen al actual nos proporciona unos datos no menos contundentes. El primero de los días bíblicos -como todos los demás- duró 24 horas, lo que equivale a unos 8.000 millones de años desde nuestra perspectiva. Dada la expansión del universo, el segundo día representa en realidad la mitad, esto es, unos 4.000 millones de años. Esto resulta de que cada vez que el universo duplica su tamaño, el tiempo se divide a la mitad; cuando el universo era pequeño, se duplicaba más rápidamente.


Así que el tercer día dura 2.000 millones de años aunque, desde la perspectiva originaria, sean las mismas 24 horas. El día siguiente son solo mil millones, y el quinto quinientos. Por fin, el último de los días, el sexto, el total de años es de doscientos cincuenta millones. La suma de este tiempo nos da una cifra de 15.750 millones de años, lo que nos acerca aún más a lo que estima la ciencia actual.


Para el doctor Schroeder, no se trata solo de la coincidencia de los eones transcurridos -desde la creación del mundo hasta nuestros días- con los seis días bíblicos. Es, también, la sucesión de los acontecimientos narrados en el relato del Génesis.


Así, la aseveración de que en el principio la tierra era un caos (“una soledad caótica” en la que “las tinieblas cubrían el abismo”) se corresponde perfectamente con la descripción que la geología nos hace de nuestro planeta en sus primeras etapas, el periodo arcaico. Del mar, en efecto, salió la vida animal, tal y como lo explica la Biblia, que colonizó la tierra, igual que hoy pensamos que sucedió a la luz de la ciencia.


Sin embargo, es curioso que el Génesis diferencie entre la aparición de los animales a partir del medio marino y la de los vegetales, y que para estos suponga una procedencia distinta. Mientras que los peces y las aves poblaban la tierra, los animales superiores aparecen mucho más tarde, el día quinto. En vísperas, pero antes, que el ser humano. El ser humano es el fin de la Creación, según los textos sagrados, mientras que la ciencia hoy nos dice que la evolución parece haberse detenido con la aparición del ser humano y que no va a tener lugar ninguna evolución humana en sentido biológico, sino en todo caso, cultural.


El autor afirma que si se lee la Biblia a la luz de los conocimientos científicos, se observa cómo existen increíbles coincidencias. Si el doctor Schroeder hubiera querido, seguramente podría haber trazado un sugestivo paralelismo entre la forma en que el Génesis narra la Creación y la aparición de la vida y de las especies animales. Sobre todo porque el modo en que se relata la creación de las especies sugiere un proceso paulatino, plausible a la luz de la teoría de la evolución.


El azar es causa de nada


De hecho, aunque no lo formula de esta manera, el doctor Schroeder admite la teoría de la evolución sin la más mínima duda. Lo que rechaza explícitamente es el carácter ciego del proceso evolutivo preconizado por el neodarwinismo, explicación que hoy sigue ocupando las cátedras del mundo occidental. El azar, afirma, no puede ser la causa de las mutaciones que regulan la evolución de la vida. La probabilidad de que las mutaciones aleatorias puedan haber producido formas viables es mínima. Por ejemplo, para construir las proteínas, por cada elección correcta hay 10 elevado a 254 elecciones incorrectas, en el mejor de los supuestos para el neodarwinismo (la proporción real es mucho más baja).


En esa línea que considera imposible que el azar sea causa de nada de lo existente, el doctor Schroeder se apoya en las palabras del profesor de Duve, una de las autoridades más respetadas en este terreno: “Si tú comparas la probabilidad del nacimiento de una célula de una bacteria con el montaje aleatorio de sus átomos, la eternidad no será suficiente para producir una… Enfrentado con la enorme suma de aciertos, uno podría legítimamente preguntarse en qué medida este éxito está realmente escrito en la estructura del universo”.


Schroeder fustiga duramente a quienes sostienen el neodarwinismo a estas alturas, y se pregunta qué es lo que hace que se siga defendiendo el paradigma neodarwinista. La respuesta que encuentra es que se trata de razones puramente ideológicas; porque se corresponde con una visión materialista de la existencia y de la vida. Ante el despliegue de una abrumadora serie de indicios en su contra, solo les queda refugiarse en el dogma, por muy desacreditado que comience a estar (y que está cada día más, en parte debido al desarrollo de la probabilística a través de la informática).


Gerald Schroeder termina sosteniendo que “el azar no puede haber sido la fuerza conductora detrás del éxito de la vida. Nuestro entendimiento de las estadísticas y de la biología molecular claramente apoya la idea de que debe haber habido una dirección y un Director detrás de la vida”.


Diseño inteligente


En los últimos años, han saltado a los medios las propuestas de científicos e intelectuales de corte ‘creacionista’, especialmente en Estados Unidos, donde la polémica ha acompañado su irrupción en la escena cultural. Pero no debemos perder de vista que dicho creacionismo ha venido ligado al protestantismo y al islamismo, principalmente. Este creacionismo fundamentalista cristiano o musulmán es, en realidad, un fijismo según el cual Dios habría creado todo lo existente, y por tanto cada especie animal, de un modo particular como un acto específico de su voluntad. Por tanto, la evolución carecería de sentido.


Existe un peculiar creacionismo según el cual la evolución no es más que el despliegue del ‘programa vida’ que está codificado desde que la propia vida apareció hace 500 millones de años, durante la explosión cámbrica. La evolución sería el método que habría dispuesto una inteligencia superior para esa expresión de la vida, manifestada en el funcionamiento de los organismos vivos. Se trata del llamado ‘diseño inteligente’.


El catolicismo, en cambio, no se opone en modo alguno -ni ahora ni antes- al evolucionismo, y menos aún a la teoría del Big Bang -elaborada por un sacerdote católico-, sino que hasta los acoge con entusiasmo.


Lo que todos ellos comparten, eso sí, es el cuestionamiento del neodarwinismo académico imperante con su insistencia en la ausencia de teleología alguna y su defensa del carácter ciego y aleatorio del proceso evolutivo.











La Gaceta /Fernando Paz

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